lunes, 30 de abril de 2012

Coaching, Liderazgo y Familia

En los últimos años hemos experimentado una importante crisis de liderazgo en la familia. Los métodos coercitivos, las amenazas y sobre todo los castigos físicos han perdido su sentido a día de hoy. Ahora se predica el diálogo con los hijos frente a la imposición de antaño, y pese a que casi nadie pone en duda que hemos avanzado dejando atrás aquellos métodos lo cierto es que muchos niños parecen carecer de los valores y la implicación que tuvieron sus padres décadas atrás. ¿Que ha pasado entonces? Muy posiblemente sea falta de liderazgo en la familia.

Soy de los que piensan que el liderazgo en la empresa por parte de los jefes ha de ser visto de la misma forma que se plantea el tema del liderazgo en la familia. Y es que existen muchas semejanzas. Partiendo de la base de que liderazgo es influencia, si los hijos tienen una serie de tareas por hacer, no basta con decirles que esa son sus obligaciones y que hasta que no las acaben no salen, hay que hacerles ver tanto los motivos como las consecuencias de realizar bien las que son sus tareas, y tratar de que las sientan suyas. Con los empleados pasa exactamente lo mismo, hay que lograr que los subordinados se comprometan realmente a hacer su trabajo con gusto, convencidos de que es lo mejor, en un contexto de confianza mutua y no porque simplemente se les haya dicho que eso es lo que tienen que hacer.

El apoyo incondicional es vital, tanto para los hijos como para los subordinados. Cierto que podrá equivocarse y tendrá que aceptar las consecuencias de su error, pero la confianza que ponemos en él antes de realizar la tarea encomendada tiene que ser siempre incondicional, y no puesta en duda su valía antes de que realicen la tarea. Por eso es él y no otro a quien se la encomendamos.

Por otro lado, en ambos casos, familia y empresa, la clave está en predicar con el ejemplo, ya que nadie podrá ser un buen líder si pide a su equipo que no haga tal cosa porque perjudicaría a la empresa, y luego le ven a él haciendo precisamente lo que prohibe. Como ya se dijo antes no hay que pretender coaccionar ni castigar, hay que influir en las personas. Esto tiene un sentido mucho más profundo de lo que parece, porque según nos hayamos educado en la familia, más tolerantes seremos respecto al castigo y la coacción, y hasta es posible que lo justifiquemos. Diversos estudios han demostrado esto último, y añaden además que si promovemos el diálogo en la familia, estaremos más abiertos a hacer lo mismo en el mundo laboral. Por tanto según el camino que tomemos podremos ser un jefe, o un padre siguiendo el símil. Pero nunca un líder.

Por último, no hay que olvidar que los líderes también se equivocan. Si sientes que te has equivocado, tranquilo, todos lo hacemos. Acepta tu error, habla con tus hijos o tus subordinados y muestrales que has errado, que vas a cambiar porque quieres mejorar. Si quieres que tus subordinados actuen de igual forma, predicar con el ejemplo se hace necesario, y te hace pasar de ser visto como jefe a serlo como líder.
Si por el contrario piensas que no has fallado en nada, ni como padre ni como jefe, que no sea el orgullo el que te impida reconocer que todos alguna vez fallamos. Y reconocerlo es el primer paso para ser ese buen líder que predica con el ejemplo que quiere de sus subordinados.

Como broche final, no hay que olvidar tampoco que un buen lider se forma en la familia. Por tanto, si seguimos estos principios básicos ya no solo en la empresa sino también con nuestros hijos, estaremos favoreciendo las circunstancias para que los niños de ahora sean los líderes adultos del mañana. Y si aún no somos padres y los llevamos a la práctica en la empresa, muy probablemente estaremos preparándonos para ser buenos padres en el futuro.

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